Libia y la Udelar

12/Abr/2011

El País, Pablo Da Silveira

Libia y la Udelar

Editorial 12-4-11
Pablo da Silveira
El 29 de marzo pasado, la sesión del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República terminó en debate. La causa fue una moción presentada por los delegados estudiantiles, en la que se proponía emitir una declaración que repudiara «la intervención militar en Libia» y convocara a crear una «red internacional» a favor de «la paz frente al imperialismo». La iniciativa fue resistida por el rector Rodrigo Arocena, quien consideró que el texto era «profundamente unilateral» y señaló que, en todo caso, sería más adecuada una declaración de solidaridad con todos los pueblos africanos «que luchan contra dictaduras».
Es bueno ver al rector de la universidad estatal oponiéndose a un intento de manipulación tan grosero. Pero, más allá del episodio concreto, queda una pregunta que no hay que dejar de hacerse: ¿por qué las autoridades de la UdelaR consideran natural que se pierda tiempo y energías negociando declaraciones sobre los más diversos temas de la actualidad nacional e internacional?
Ciertamente no lo hacen porque sea una costumbre universal. Ni en Harvard, ni en Oxford, ni en Heidelberg, ni en la Sorbona, las autoridades dedican tiempo (y mucho menos tiempo remunerado) a pronunciarse constantemente sobre tales cosas. Esta costumbre sólo es frecuente en universidades del tercer mundo, altamente politizadas y de calidad académica dudosa.
Tampoco es que lo hagan porque, como han resuelto todos sus problemas, les queda tiempo suficiente para dedicarse a otras tareas. La Universidad de la República tiene pendiente una larga lista de problemas graves y urgentes, que van desde el penoso funcionamiento de su Hospital de Clínicas hasta las peligrosas avalanchas humanas que se producen en varios de sus locales, pasando por los bloqueos internos que le impiden transformarse.
Algunos van a decir que se trata de una manera de cultivar el sentido de responsabilidad social y el espíritu crítico propios de la actividad universitaria. Pero esa respuesta no suena convincente cuando la misma institución hace muy poco por combatir un gigantesco problema de deserción que castiga con especial dureza a sus estudiantes más débiles en términos económicos y culturales.
¿Será que las autoridades de nuestra universidad estatal creen que sus declaraciones van a tener alguna influencia sobre los mandos militares de la OTAN, o que efectivamente van a conducir a la creación de una red internacional de algún tipo? Asumir algo semejante sería tratarlos de tontos. Y en general uno se equivoca cuando, para explicar un fenómeno social o político, se ve obligado a asumir que mucha gente actúa de manera irracional.
¿Por qué lo hacen entonces? La verdadera explicación es que las declaraciones de ese tipo están transmitiendo un mensaje político. Un mensaje que no está dirigido a quienes viven y mueren en algún punto lejano del planeta, sino al escenario local. El objetivo es recordar que, en esa guerra gramsciana que consiste en ocupar y controlar todos los espacios posibles en la vida educativa y cultural, la Universidad de la República es territorio conquistado y no debe dejar de serlo.